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N//3
 

 

La organización del museo

 
 
Revista Nº 3 [ 1998 ]
     
 


Editorial

Queridos amigas y amigos:

Como ya sabeis, el pasado día 28 de marzo fue elegida la nueva Junta Directiva, cuyos miembros queremos aprovechar esta oportunidad para agradecer vuestro apoyo y confianza para que, entre todos, podamos continuar afianzando la Asociación y convertirla en un interlocutor válido cuando se hable del futuro de los museos y de la profesión de museólogo.

Esta línea de trabajo nos llevará, sin duda, a dejar en un segundo término los aspectos más reivindicativos desde el punto de vista laboral (retribuciones, niveles, situaciones laborales específicas, etc.). Aún cuando para algunos compañeros éstos puedan ser temas importantes, y sin duda lo son, entendemos que antes de abordar esas cuestiones, sería aconsejable que la Asociación mostrase claramente su preocupación por la situación en que se encuentran los museos españoles en general, porque esta actitud acabará redundando en beneficio de los profesionales.

No se escapa a nadie que en los últimos años hemos asistido y continuamos asistiendo a un importante proceso de creación de nuevos museos, muchos de ellos de una enorme envergadura (Colección Thyssen, Centro Atlántico de Arte Moderno, Casa de las Ciencias-Domus, Centro Gallego de Arte Contemporáneo, Guggemheim, IVAM, Ciudad de las Artes y las Ciencias, etc.), cuya estructura organizativa y funcionamiento quedan fuera del ámbito de la Administración.

Todos ellos tienen una serie de rasgos comunes que interesa resaltar. En primer lugar hay una renuncia general al nombre museo porque es un término anclado en el pasado con reminiscencias inmovilistas y de mastodontismo burocrático. Volvemos, en cierto sentido, a la situación de principios de siglo cuando las vanguardias comparaban los museos con cementerios y establecían la ecuación Museo = Mausoleo. En segundo lugar, la gran mayoría de estos nuevos Centros ha buscado una estructura de gestión semiprivada o completamente privada para poder establecer una nueva relación contractual (ni mejor, ni peor, sólo diferente) con su personal y con la gestión diaria del centro. En tercer lugar, todos ellos han prestado una atención especial al visitante, entendido como cliente, y han generado fórmulas de financiación alternativas, separando, en la medida de lo posible, la dirección científica de la gerencial. En cuarto lugar, todos ellos han requerido inversiones de miles de millones, lo que demuestra que sí hay dinero para los proyectos que interesan y que los museos interesan en mucha mayor medida, y esa medida es perfectamente cuantificable.

En la mayoría de los procesos de toma de decisiones para la creación de esos museos y la definición de sus contenidos, no ha tomado parte ninguna persona del colectivo de museólogos o lo ha hecho muy marginalmente. El museólogo pasa así a convertirse en el "cuidador" de la colección (piezas), identificándose más con el investigador que con el comunicador o divulgador. Pierde así el papel que había jugado hasta ahora de profesional capaz de transmitir una historia -contar un relato-, y queda relegado al papel de experto conocedor de las piezas.

El "museólogo", inmerso en un mundo -el de los museos- cada vez más complejo y dinámico en el que la sociedad tiene cada vez un mayor nivel de exigencia, se ha ido atrincherando en el pequeño mundo de las piezas, automarginándose de aquello que le era más propio, su capacidad para comunicar-transmitir procesos.

Al sacralizar las piezas y ponerlas por encima del discurso que representan, niega la propia esencia del museo como lugar de comunicación y reclama, al mismo tiempo, la vuelta a la cámara de maravillas para erigirse en guardian del conocimiento que encierran. Esta situación llega al absurdo cuando el "cuidador de piezas" considera que es a él a quien compete tomar las decisiones sobre las mismas, errónea creencia que se refuerza al topar con un poder político inseguro que prefiere atrincherarse tras el técnico antes que asumir sus propias responsabilidades.

Este panorama debería movernos a reflexionar acerca de las causas que nos han llevado a esta situación para, tras el oportuno examen de conciencia, actuar en consecuencia, si es que lo consideramos oportuno, porque a más de uno puede parecerle que éste es justamente el papel que debemos desempeñar.

Si eso fuera así, no nos diferenciaríamos nada de un investigador del CSIC o de un profesor universitario y no debemos confundir las expectativas personales -hay muchos compañeros que desearían tener el estatus de un investigador del CSIC o la dedicación de un profesor de universidad- con lo que la sociedad espera y demanda realmente de nosotros.

Esa incapacidad para llevar a cabo aquello que se espera de nosotros ha determinado nuestro alejamiento como colectivo de todos los foros de toma de decisiones y, lo que es más relevante desde un punto de vista egoista, ello ha supuesto la pérdida de un importantísimo campo de desarrollo profesional y laboral, que ha sido ocupado por otros grupos de profesionales que han visto las necesidades reales de las sociedad y han sabido responder a ellas con la necesaria agilidad.

No es un problema de la Administración ni de los poderes públicos-políticos, sino de nuestra incapacidad como colectivo para adaptarnos al nuevo lenguaje de la sociedad. Es más cómodo permanecer en la posición de erudito conocedor de piezas que entrar de lleno, comprometiendose, en la dura lucha que implica la definición de los museos del siglo XXI. El "abandono" de las piezas nos produce inseguridad porque nos obliga a trasladarnos a un nuevo campo del conocimiento para el que no nos sentimos preparados. Los intentos que se han hecho por aprehender los nuevos lenguajes han quedado reducidos a meras recopilaciones de piezas sin que éxista en ellos el más leve intento de trasmitir información como conocimiento, es decir, procesos.

El Museo del Prado, nuestro buque insignia, es un ejemplo paradigmático de esta situación porque todavía no ha definido su modelo. Es obvio que no es una Galería de Arte donde puedan contemplarse obras maestras del arte universal, porque las legiones de visitantes impiden su contemplación con el sosiego necesario. Por otra parte, tampoco es un museo (lugar donde se ayuda al visitante con información complementaria). Por el contrario, el Prado se ha transformado en aquello que más aborrece, un hito de nuestra oferta turística -como Toledo o Aranjuez- destinado a un turismo masivo y poco entendido, donde reciben igual trato el amante del arte que el turista cazador de imágenes. Y lo peor es que no se tiene conciencia del problema.

En este final de siglo, la obsesión por las piezas en sí mismas carece de sentido porque los flujos de visitantes, así como las motivaciones y características de éstos, responden a condicionantes bien distintos. Una exposición interesante y un buen montaje pueden atraer al público, pero, en última instancia, serán otros factores los que determinen el volumen de visitas de cada museo. El caso de Toledo es muy expresivo porque sus Museos se encuentran entre los más visitados del país, algo que no se corresponde con el peso de sus colecciones, y que sólo se explica teniendo en cuenta que Toledo es un destino turístico de primer orden. El alto índice de visitas a los museos toledanos es pues la consecuencia de un turismo cautivo cuyo objetivo principal es la visita a la ciudad.

Esta aparente contradicción no debe desanimarnos porque nuestro objetivo como museólogos debería ser, precisamente, preparar a todos esos museos para dar un servicio lo más completo posible a un público variado, con intereses muy dispares y con niveles de información y conocimiento muy diferentes. Ese es el reto.

Todos los pasos que demos en esa dirección redundarán en un mayor reconocimiento de la profesión y de la profesionalidad de sus miembros puesto que, en última instancia, habrán contribuido a que los museos se acerquen más al cumplimiento de sus objetivos.

Por otra parte, en un momento en el que existe un proceso muy complejo de privatización de los servicios, los museos deben estar preparados -sobre todo su personal- porque es seguro que antes de una década se habrán privatizado parcialmente y estarán inmersos en una dinámica nueva que afectará de lleno a sus fuentes de financiación. En este contexto los "cuidadores de piezas" serán piezas de museo.

Para salir de esta situación es necesario primero hacer una profunda autocrítica y segundo, y a partir de ahí, plantear un debate riguroso acerca de qué es un museólogo (más aún en el caso del conservador) y cual debe ser su desarrollo profesional (que no puede quedar relegado a la obtención de un nivel salarial concreto), porque sólo así podremos definir nuestro papel en los museos a título individual y nuestro papel en la sociedad como colectivo.

Como Junta Directiva entrante esperamos y deseamos que la Asociación sea capaz de pilotar ese debate, por nuestra parte haremos todo lo posible para que así sea, y para ello es imprescindible vuestra colaboración.


La Junta Directiva

     

 

     
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
 
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