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LA FORMACIÓN DE LOS PROFESIONALES DE MUSEOS:
una asignatura pendiente.

La Asociación Profesional de Museólogos de España (APME), organización con más de una década de existencia, tiene entre sus fines estatutarios y sus líneas de actuación la correcta caracterización académica, técnica y laboral de la profesión del museólogo, denominación que, hasta la fecha, depende en gran medida de criterios definitorios imprecisos, una génesis delimitada apenas administrativamente y, particularmente en la última década, un desarrollo funcional variopinto y difícil de delimitar. En efecto, si el museólogo, en una primera aproximación, pudiera describirse burdamente como aquel que trabaja en un puesto técnico vinculado a un centro museístico (y aquí toparíamos con la definición de museo, tanto o más a debatir), antes habríamos de preguntarnos por el tipo de museólogo del que hablamos. Educadores, documentalistas, gestores, diseñadores, restauradores... Si atendemos únicamente a la añeja condición del conservador de las colecciones (o facultativo) y la hacemos extenderse a la persona que posee una formación interdisciplinar capaz de obtener una visión global e integradora del trabajo, las posibilidades y las tareas del museo moderno, concluiremos que, sea cual fuere el régimen de acceso a esta situación profesional, nos hallamos lejos de que ese perfil sea obtenido por los conductos formativos establecidos o normalizados en nuestro país. La etiqueta de “profesionalidad”, por tanto, quedaría supeditada, pues, a la experiencia de trabajo (con lo que ello significa de entrada y lo que deja al albur de cada cual) o a la preparación personal en ámbitos diversos y casi nunca suficientes.

Si las especialidades universitarias de museología, tenidas como asignaturas “de relleno” o a meros datos sobre historia de las instituciones en muchos casos, o los carísimos masters, en ocasiones viciados por orientaciones más curriculares que otra cosa, han tomado el relevo de unas prácticas regladas (suprimidas en 1984) poco útiles dada su orientación a servir a la arqueología u otras disciplinas mediante el apoyo de unas colecciones museísticas; no se ha producido como cabía esperar del boom museístico, una adecuada respuesta a las demandas profesionales, quizás en consonancia con lo que sucede con el estancamiento de los centros “tradicionales” en cuanto a todo tipo de medios frente a las nuevas propuestas museísticas para las que, en ocasiones, los auténticos profesionales se transforman en un “pepito grillo” o, simplemente, en un estorbo.

Para evitar tales desacuerdos la formación del museólogo no debe, por supuesto, prescindir de unos conocimientos humanísticos en aquellas disciplinas reflejadas por las colecciones museísticas. Únicamente habría que plantearse la necesidad de que la especialidad de los contenidos del segundo ciclo universitario se oriente a la de los futuros museos en que se hubiere de trabajar, pues de tal modo las ya numerosas áreas temáticas que abarcan los distintos tipos de museos se verían avaladas por los saberes del profesional a su cargo. Los temarios de oposición, así como otros requisitos de acceso, deberían, por tanto, establecerse en función de los museos a los que han de servir.

Un tercer ciclo universitario, o cualquier otra vía académica, pues la flexibilidad de los planes de estudios bien puede permitirlo, podría ofrecer los conocimientos estrictamente museológicos, para los que las distintas directrices del ICOM en este sentido tienen un valor referencial (tal y como lo son para los temarios citados en el área de museología). La posibilidad de ofrecer licenciaturas en Patrimonio histórico y, concretamente, una especialidad museística en este terreno es del máximo interés, y el ejemplo de los países de nuestro entorno europeo no deja de ofrecer soluciones al respecto.

Para tales reformas no cabe desaprovechar los recursos humanos ya existentes. En nuestro país existen numerosos y competentes profesionales de museos, avalados por su trabajo, que han de formar parte de estos procesos de formación y relevo, conocedores, además, de los traumas y problemas que la inexistencia de tal formación acarrea. Para estos deben, así mismo, destinarse planes de formación continua, ahora casi inexistentes o suplidos por la iniciativa personal, a veces incluso obstaculizada o incomprendida desde la propia administración.

El ámbito natural de estas actividades formativas para los futuros museólogos no puede ser otro que el propio museo. No cabe olvidar que cualquier definición legal o teórica implica a estas instituciones en el terreno de la investigación y la enseñanza, por lo que la potenciación de los museos como lugares destinados, también, a la formación de quienes han de trabajar en ellos, en coordinación con los sistemas académicos más habituales, deviene, bajo el punto de vista práctico, imprescindible e inevitable si se quiere disponer de una nueva generación de museólogos que dé respuesta a los problemas de caracterización y al futuro de instituciones tan cruciales para el desarrollo cultural de una ciudadanía que se valore a sí misma.


APME, 2/2/2001 (texto publicado en la revista Boletín del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, nº 34, marzo de 2001, pp. 38-39.)

 

 
   
   
   
 
 
     
     
     
     
     
     
 
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